La Macumba Un sincretismo religioso

“Qué bella está la noche, qué bonita la luz de la luna, Exú Paloma Negra, ¡Ven a trabajar!”. Un joven blanco, de finas facciones germánicas, repite la invocación dos veces. Es media noche de viernes y la luna está en cuarto creciente. El lugar es una “encrucijada hembra”, es decir, el punto en que un camino se bifurca en “Y”.

Luego de lanzar sus invocaciones, sitúa en el centro geográfico de la encrucijada algunas ofrendas especiales: una torta de maíz amarillo, una botella de “cachaca” (o aguardiente de caña), un cigarro (puro, tipo habano) y una caja de fósforos. Descorcha la botella, a la que previamente ha quitado la etiqueta, y abre la caja de fósforos, mientras murmura: “Os hago esta ofrenda para que se despejen mis caminos y mis deseos se realicen”.

Volverá a cantar en seguida: “Salve, Paloma Negra, salve, Exú mujer, que te encuentras en la encrucijada y haces cuanto te da la gana”.

Finalmente dirá como despedida: “Así como en la encrucijada haces tú lo que te da la gana, así también se cumpla lo que yo estoy queriendo. Exú Paloma Negra, en ti confío”.

Dicho esto, el joven se marchará lo más a prisa que pueda:

Los Exú son unos demonios peligrosos, poderosísimos y muy volubles, con un sentido del humor a menudo escalofriante. Sobre todo los de naturaleza femenina, aquellos que la tradición europea llamaría “súcubus”.

Nuestro protagonista, al que invocamos a partir de personajes reales que hemos conocido en los “terreiros” de Umbanda de Río de Janeiro, ha cumplido la etapa final de una brujería destinada a seducir a una vecinita casada que jamás le ha dado esperanza alguna de ceder a sus invitaciones. El ritual que sigue se basa en el grimorio “Pratica de Umbanda”, de Oliveira Magno, y corresponde a “magia blanca” o de humareda a la derecha, pues la Umbanda proclama que no se presta para hacer cosas malas.

El objeto del hechizo es que la chica ya no desee seguir fiel a sus pudores ni a su marido, y llena de lasciva curiosidad quiera lanzarse a los brazos de su ilícito pretendiente. Puesto que la joven actuará según sus deseos, no habrá nada de malo en ello... excepto desde el punto de vista del marido.

Pero éste podrá también poner las cosas en orden mediante otro hechizo. Si quiere actuar según la magia blanca de la Umbanda, podrá hacer que su mujer se vea libre de deseos inconvenientes y vuelva a ser la esposa fiel y pudorosa de siempre. Pero si anida en su pecho sentimientos malvados y vengativos, entonces no podrá recurrir a la Umbanda. Tendrá que acercarse a un “terreiro” de Kimbanda donde se practican hechizos de humareda a la izquierda. Con ayuda del Babalao, podrá lograr que el seductor se vea súbitamente reducido a la más vergonzosa impotencia, o que se aficione a las satisfacciones propias de mujeres, o quizás le dará viruela, se ahogará en el mar o se le infectará mortalmente una simple picadura de mosquito.

Pero cuidado... porque la posibilidad de que el seductor tome gustos femeninos, podría también conseguirse por hechizos de Umbanda... siempre que el hombre se sintiera contento de ello y no experimentara la sensación de ser arrastrado a vicios que íntimamente abomina. Por su parte, si la esposa siente que su aventura ha dañado su relación conyugal y que su marido ya no la quiere como antes, podrá también normalizar la situación recurriendo a la magia blanca. Total, así quedarán todos contentos. Exús y Orixás habrán permitido que un poco más de placer sexual sea disfrutado en esta amarga vida, y habrán al mismo tiempo evitado una tragedia.


Detalle de Altar de Umbanda - Click en foto para ver completo.


Detalle de Altar de Kimbanda - Click en foto para ver completo.

El sentido moral que separa la magia blanca de la negra, la “fumaça a direita” de la “fumaça a esquerda”, dista mucho de ser una categorización cristiana, y atiende más bien a distinguir entre los hechizos que causan sufrimientos y los que causan bienestar. Para los teólogos de la macumba, el hombre es un ser imperfecto que dispone de numerosas vidas sucesivas para ir corrigiendo parsimoniosamente sus debilidades y miserias hasta alcanzar la “plenitud divina” que consiste en adquirir conciencia de nuestra condición humana que es ser una partícula viva en el cuerpo infinito de Dios.

De acuerdo al Candomblé y la Umbanda (formas de la macumba) los pecados que ocasionan degradación espiritual son el egoísmo, el odio, el rencor y la venganza, la avaricia y la ambición desmedida. En cambio, la lujuria, la glotonería, la borrachera y la irresponsabilidad son pecados menores, cuyo efecto karmático no es demasiado retardatorio. Otros pecados de extrema gravedad son el quebrantamiento de secretos, la violación de juramentos y los actos blasfemos contra las cosas sagradas.

Una ética tosca para los que hemos crecido en una cultura europea, judeo cristiana; pero tras ella las hebras de un pensamiento muy antiguo son hiladas muy fino. No es posible comprender la hechicería de la Macumba ni la del Vudú sin aceptar previamente que para una vasta porción de la humanidad es posible y es consistente basar los conceptos de Bien y Mal en una categorización que va entre el bienestar y el sufrimiento en esta vida, sin postular ni un Cielo ni un Infierno.

Una Extraña Sinagoga

“Macumba” es una palabra bantú cuyo significado equivale al de la “Ecclesia” griega: reunión, asamblea. Por extensión, es también “Sinagoga” en idioma griego, que significa el estar reunidos, con énfasis en lo espiritual. Con la palabra Macumba los afro-americanos expresan una forma propia y peculiar de religiosidad que incluye el culto diferenciado a: 1, el Supremo Hacedor; 2, a ciertos dioses, expresiones divinas, energías dotadas de carácter y voluntad, ángeles y demonios o espíritus de la naturaleza; y, 3, a las ánimas o espíritus de los muertos.

Con un poco de pedantería, el antropólogo inglés Geoffrey Parrinder ha intentado ajustar los sentimientos religiosos negros a términos cristianos, separando los ritos y cultos en: “Latría” hacia el Dios supremo, como entre los europeos; “Hiperdulia” hacia los dioses, demonios o espíritus de la naturaleza, como hacen los católicos hacia la Virgen María; y “Dulia” hacia los espíritus de los muertos, como lo hacen los católicos y otros grupos cristianos respecto de los Santos.

Resulta una comparación harto forzada e inexacta, que muestra un deseo demasiado intenso de hacer aparecer a las religiones africanas como algo que no es vergonzoso ni depravado, ni una estupidez de salvajes ignorantes. En verdad, la Macumba no necesita defensa. En un mundo verdaderamente culto, tiene su lugar propio y legítimo entre las proposiciones religiosas de las diversas razas y culturas que componen la humanidad.

Ante la mirada, digamos, de un muslim podríamos encontrarnos con que:

  • Los budistas tienen ritos orgiásticos y depravados, lo mismo que los hindúes, en lo tántrico y el yoga de Kundalini.

  • Jehová es ávido de sacrificios humanos, como lo expresa el Deuteronomio en el Capítulo 20.

  • La licuación de la sangre de San Genaro, los Penitentes flageladores, los Estigmatizados de Cristo y las “Mandas” a las Ánimas del Purgatorio, son magia y paganismo.

En fin, cada religión y cada cultura tiende a calificar desdeñosamente a las que considera sus rivales, y siente que sus proposiciones son superiores, más válidas, y para demostrarlo despliegan sus abanicos de argumentos teológicos, morales y científicos. En el caso de la Macumba, sin embargo, parece notarse una suerte de complejo racista. Incluso algunos conspicuos macumberos sufren de aquellas ansias “civilizadoras” de la religiosidad de raíces negras.

La palabra “Umbanda”, en lengua de los “umbundu” (bantúes) de Angola central, significa “hechicero”, “hechicería” y “lugar de culto”, además de otras connotaciones sutiles.

Pero el primer Congreso de Espiritismo en Umbanda (Río de Janeiro, 1941) y muchos otros macumberos de nota, han hecho acrobacias filológicas para postular que “Umbanda” es una palabra en idioma sánscrito y que viene de las palabras “Aum” (Om), con la que se invoca al espíritu de la Santísima Trinidad hindú, la Trimurti, y “Bandah” que significa, como “banda” en castellano, una cinta envolvente o una agrupación belicosa.

De ésto, deducen que Umbanda querría decir “Unión con Dios” o “Tropa de Dios”. Resulta pintoresco pero no convincente, si prestamos atención a las estructuras que el idioma sánscrito da a sus palabras compuestas, y que es diferente. Si Umbanda fuese sánscrito, también “Majareta” podría serlo: Maha significa “grande”, “excelso”, y Reeta significa “Orden Cósmico”. De modo que Majareta, en vez de significar “chiflado” significaría “excelso orden cósmico”. Pero sabemos a ciencia cierta que la palabra majareta no es sánscrito.

Lo único que puede permitirnos una acercamiento objetivo a los misterios de la macumba es aceptarla tal como es. Y para lograrlo podemos comenzar por describir el “Terreiro”, su Sinagoga y Templo.

El Terreiro es un terreno bien cercado con un edificio rodeado por un patio razonablemente amplio. En él hay tres zonas muy diferenciadas que suelen llamar “Paraíso”, “Purgatorio” e “Infierno”, en el lenguaje cristianoide que se utiliza en la macumba. El edificio principal es el Paraíso y pertenece al Orixá o Santo.

Consta de una gran sala con piso de tierra apisonada y por lo general ornamentada pobremente. Es el lugar de las danzas y los trances mediúmnicos. Una zona pequeña, a un lado, está destinada a la Orquesta Sagrada. Al fondo o en un rincón está el altar “exterior”, visible para todos. El otro altar, secreto, se llama “Peji” o “Congá” y se encuentra en un cuarto contiguo. Es el santuario.

En el Congá hay un altar bajo, escalonado, donde se encuentran las estatuillas de los Orixá que impropiamente se han llamado ídolos o fetiches. Las estatuillas son importadas directamente de África, labradas por hechiceros en determinadas maderas como la caoba africana o el Iroko, una madera parecida al roble, de hermoso color rojo oscuro. Cada estatuilla se encuentra sobre su “Otá”, una peana de piedra también labrada con los signos propios del Orixá. Junto a cada otá hay recipientes valiosos, hechos de cerámica, llenos de agua de lluvia o de manantial, marcados con los signos del Orixá correspondiente con una tiza especial llamada “pemba” que es también importada de África, donde se la elabora siguiendo rituales mágicos y sin que entren en contacto con ella más que obreras vírgenes.

Ante cada “ídolo” hay un plato con la comida sacramental que el Orixá prefiere, además de frutas frescas. En el suelo, limpio como un espejo, se distribuyen cráneos de animales sacrificados (se dice que de vez en cuando se encuentra algún cráneo humano) así como toda la variedad de instrumentos de culto.

Para penetrar en el Peji o Congá es preciso haber realizado antes actos sexuales y luego haberse purificado mediante un baño especial. Las mujeres que se encuentran en su período menstrual no pueden siquiera mirar en dirección a la entrada del santuario secreto.

Dicen los miembros de la Umbanda que permanecen solos en el Terreiro, que los Orixá conversan frecuentemente entre sí cuando se encuentran a solas. Se pueden escuchar sus voces que suenan como gemiditos o vagidos de cachorros.

Fuera del edificio principal, se encuentra otra construcción, menor. Es el Purgatorio, la Morada de las Animas, y tiene la forma clásica de un pequeño mausoleo o bien de una capillita de cementerio. Allí se depositan las ofrendas a los recién fallecidos y a los antepasados.

Finalmente, el Infierno es una construcción diminuta situada a la izquierda de la entrada principal del terreiro, según se entra en él. Su aspecto recuerda al de una caseta de perro. Allí moran los Exú, dioses de carácter demoníaco y sumamente poderosos. Según el célebre macumbero Oliveira Magno, “... este planeta en el que vivimos pertenece a los Exú”. Frente a la morada de los Exú debe depositarse diariamente platillos de comidas sagradas de acuerdo a las preferencias de sus moradores.

Los Moradores del Congá

La distribución del Terreiro deja ver de inmediato que allí no hay ningún lugar para el Supremo Hacedor. Dios no está en el Paraíso, no hay nada que sustente la supuesta “latría” o adoración a Dios que supone Parrinder. El antropólogo brasilero Néstor Ortiz Oderigo repite en su libro “Macumba” los conceptos sudaneses, ashanti y bantú respecto del Dios Supremo: “Él es tan grande, tan omnipresente y lejano, que no osaríamos dirigirnos a Él”. Por lo tanto, se le ignora, o se finge ignorarlo, aunque en Angola, en momentos de extrema aflicción, algunos osan hablarle: “Tú me estás tratando peor que a los demás. ¿Es que te has olvidado de que eres bueno?” —algo que hace recordar el Salmo 77: “¿Has olvidado Yahvé tener misericordia?”.

El verdadero Culto está dirigido a los Orixá, entidades que no resulta fácil definir. De acuerdo al “Catecismo de Umbanda”, los Orixá son “emanaciones activas de la voluntad del Unkulunkulu (el Viejo-Viejo, Grande-Grande, es decir, Dios) que es una Santísima Trinidad o Trimurti, formada por Zambi u Olorún, equivalente al Padre o a Brahma; Obatalá, el Hijo o Vishnu, e Ifá, el Espíritu Santo o Maya (¿quizás debió decir Shiva?)”.

Tras complejas disquisiciones teológicas, se entiende que la voluntad de Dios se condensa en formas de energía capaces de generar el mundo material o de modificarlo. Los estadios intermedios entre Dios y su creación estarían a cargo de esos dioses subalternos, dotados de personalidades muy definidas que son los Orixá y los Exú cuando muestran caracteres más cercanos a las pasiones humanas. De hecho, se deja entender como una diferencia entre los Orixá y los Exú que éstos son característicos de nuestro planeta, mientras los Orixá son cósmicos.

En todo caso, la Macumba procura entablar relación y comercio con los Orixá, las ánimas de los muertos y los Exú, dicho en el orden de la disposición del Terreiro.

Orixá.

El Santuario, como decíamos, está reservado exclusivamente para los Orixá (*1). Estos fueron identificados extrañamente con algunos Santos católicos durante los siglos XVI y XVII. Es muy probable que esas pseudo-identidades se hayan debido, al principio, al temor de ser castigados como paganos por sus amos católicos en aquellos tiempos de migración masiva de esclavos en que se procedía al bautismo masivo de las cargas humanas sin más catequesis que unos pocos sermones. No obstante, las representaciones de Orixás en equivalencia a Santos adquiere un sabor especial en la Macumba que hace sospechar en una segunda intencionalidad, quizás la de asimilar o “vampirizar” leyendas y tradiciones cristianas. Es una característica del espiritualismo negro la de “comer” o “asimilar” cuaquier cosa material o simbólica de la que se espera obtener alguna clase de energía. Cuando se trata de rituales o leyendas, les resulta fácil dotarlas del “ritmo” africano, del “sabor psíquico” necesario para incorporarlos orgánica y armoniosamente a su acerbo.

(*1) Existen algunos Terreiros de Kimbanda en que el Congá está ocupado por los Exú. Es decir, el Terreiro íntegro se dedica al aspecto “negro” de la Macumba. Esto produce gran terror entre los devotos.

Esto resulta poderosamente notorio en el caso del principal Orixá, cuyo nombre es Obatalá y Oxalá, al que se identifica con Jesucristo.

La caracterización de Oxalá es de extraordinaria belleza y elegancia, pero nos induce a pensar en príncipes zulúes más que en la imagen de un Jesús, sea como el Niño, el Cristo de las Bodas de Canaan o el Crucificado.

Oxalá es el príncipe de la Corte Celestial y de todos los espíritus. Sus amuletos son anillos de oro y de plomo; sus símbolos, una cruz rematada por aros en sus cuatro extremos y un cayado con cruces en bajo relieve. Las comidas que se le ofrendan son carne de cabra y de paloma. Se le viste en sus ídolos con ropajes blancos y adornos de cuentas del mismo color. El día más favorable para invocarlo al cuerpo de los “médiums” o “cavalos” es el Viernes y cuando el médium es poseído por Él, se expresa emitiendo un gemido trémulo y prolongado.

Xangó (llamado también Agodó y Beri) es el Orixá del relámpago, los meteoritos, los torrentes y las cascadas. Es uno de los Orixá más populares en la Macumba. El célebre poeta y sambista Vinicius de Moráis, dice de sí mismo que es: “... poeta y diplomático... el blanco más negro de Brasil, de la estirpe directa de Xangó”. Voluble como todo Orixá, en algunas regiones lo identifican con San Miguel Arcángel y en otras con Santa Bárbara. En Río de Janeiro lo identifican con San Jerónimo. El día para invocarlo es el Miércoles. Su talismán, los fragmentos de meteoritos. Lanza y machete son sus símbolos. Sus comidas sagradas son el gallo, el carnero y la tortuga. Sus vestiduras rituales son rojas y sus adornos son cuentas y aderezos de latón, rojos y verdes. Cuando llega, hace que su médium lance un grito “e-i-i-i”, el mismo con que los fieles le responden honrándolo.

Ogún es el temible Orixá de la guerra, suele identificarse con San Jorge, San Juan, San Pablo, San Antonio y San Roque. Sus fetiches son el martillo, la lanza y el pan. Sus símbolos, la espada o alfanje y la lanza. Su comida es una cabeza de buey, carne de carnero y gallo rojo, aunque de vez en cuando le place comerse una gallinita de Angola. Viste de rojo y se adorna con pulseras en estaño y bronce, verdes y blancas. Su día es el Martes y su grito, un alarido sobrecogedor.

Oxossi es el Orixá soberano de la naturaleza agreste y libre, señor de las selvas y la cacería. Lo identifican con San Jorge, San Sebastián y San Benito. Sus amuletos son el arco y la paila de barro cocido. Su símbolo es la flecha. Come maní, carne de cordero, maíz tierno y gallo. El día para invocarlo es el Jueves y su sonido es un grito que asemeja el quejido de un perro.

La lista de los Orixá es numerosísima, y tendremos que remitirnos únicamente a los más conocidos. De los Orixá hembra, la más importante y amada (aunque suele ser peligrosa) es Yemanyá, la diosa de las aguas. La identifican siempre con la Virgen María, aunque tiene muchas connotaciones que hacen pensar más bien en Afrodita. Sus amuletos son las conchas y las estrellas de mar. Su símbolo, el lirio. Se le ofrenda maíz verde, macho cabrío, palomas y gallos. Sus vestiduras son blancas y azules, aunque a veces se la viste también de rosa. Se adorna con pulseras de plata y aguamarinas. Su día es el Sábado y su grito es “Hin-hi-ye-min”. Es importante notar que, aunque tiene aspectos de indudable erotismo, Yemanyá es una diosa que sólo acepta las formas más nobles del sexo.

Yansán es la diosa de la atmósfera, las tempestades y la venganza. La asimilan a Santa Bárbara. Su amuleto es un fragmento de meteorito y sus símbolos, el rayo y la espada. Sus comidas sagradas son carne de carnero y de gallina. Se viste de rojo y verde, adornada con pulseras rojas de cobre o latón. El día para invocarla es el Miércoles y grita: “E-i-i”.

Oxún es una diosa de un ámbito poco definible del universo. Pero se la supone soberana de los rayos, relámpagos y lluvias. La identifican con la Virgen de Lourdes y la Inmaculada Concepción. A veces, también con Santa Ana. Come carne, gallina y frijoles negros. Viste de blanco y azul con pulseras de plata. Se le invoca en Sábado y se presenta emitiendo un sonido sordo y fuerte como un zumbido “hmmm-hmmm”.

Hay una suerte de Orixá doble, o una pareja de Orixá, que podría asimilarse a Gémims, Castor y Pólux. Se le considera, entre otros aspectos, el Orixá de la infancia y le asimilan a la pareja de los santos Cosme y Damián. Su amuleto representa, sin embargo, unos trillizos. Los Ibeiyi, es su nombre, aunque se les suele llamar cariñosamente Dos-Dos y Besitos. Su comida sagrada es de bombones, pasteles y dulces, aunque no desdeña los licores fuertes siempre que sean aromáticos y dulces. Visten de rosa y blanco, adornados con pulseras multicolores. El día para invocarlos es el Domingo, y se presentan con sonidos susurrantes y risitas.

Finalmente, debemos mencionar a un Orixá de la mayor importancia, respecto del cual hay opiniones encontradas sobre si es un Orixá verdadero o un Exú de dimensiones cósmicas. Es el Señor Omulú, Dios de la “Calunga Pequeña” (los cementerios) y la “Gran Calunga” (el Océano). Llamado también Ototó y Xapanán, se le conoce principalmente como señor de las enfermedades y la recuperación; de la peste, la viruela especialmente. Sin embargo, tiene resonancias misteriosas que lo muestran como un dios de conocimientos ocultos y de misterios. Suelen identificarlo con San Lázaro, con el Cristo de la Buena Muerte y con San Sebastián. Su amuleto representa una calavera y su símbolo es una lanza aguda, como el Pilum de los romanos. Se le ofrendan gallos negros, carneros y tortas de maíz. Sus vestimentas son amarillas y negras y se adornan con pulseras negras de cuentas de plomo. Se le invoca los Lunes y se presenta gritando “Haaa” en un tono francamente terrorífico. Es un dios feo, bizco y torcido, grueso y de fuerzas hercúleas, además de cojo. Es uno de los dioses más reverenciados en todas las formas de macumba.

Demonios, Muertos y Hechizos

Si las huestes de los Orixá son numerosas, la de los Exú lo son todavía más y más minuciosamente detalladas. Pombayira (*2), la diableza de la concupiscencia, tiene por si sola más de cuarenta expresiones diversas que la califican desde como una suerte de “hermanita” (María Batista, entre otros nombres), hasta la Pombayira Mulher da Rua (prostituta), pasando por características de vampirismo, homosexualidad, fortuna en el juego y poderes adivinatorios. En algunas de sus expresiones, esta Exú prefiere encarnar en médiums de sexo masculino, aunque naturalmente encarnará casi siempre en mujeres.

(*2) Escribimos fonéticamente “Pombayira”, aunque en ortografía brasilera, el nombre es Pombajira. Asimismo el nombre Peji del Santuario Secreto, suena entre “Peyi” y “Peshui”.

El principal de los Exú, al menos teóricamente, es el Exú Rey o el Mayoral. De acuerdo al “Catecismo de Umbanda”, él es el Lucifer del cristianismo. Es muy inteligente y sabio, trata a la gente con mucha amabilidad. Concede riqueza y placeres tanto en esta vida como en las futuras, a condición de que se le sirva. Viste con gran elegancia una capa negra forrada con seda roja y tiene cuernos caprinos o de carnero en la frente. Es de finos rasgos, hermoso y magnético a su manera y sus modales son de exquisita cortesía. Es preciso reverenciarlo como un rey.

El Exú Siete Encrucijadas y el Cierra Caminos son los más solicitados antes de comenzar cualquier liturgia de Macumba. Ambos son servidos por legiones de Exú menores, y tienen el poder de franquear o bloquear los poderes psíquicos y de frustar los más poderosos encantamientos si no se les solicita reverentemente su permiso para efectuar las ceremonias.

El Exú Velludo puede ser un amigo inapreciable si se le sabe invocar a tiempo, pues se complace en defender a sus amigos en las situaciones de peligro. Es un combatiente muy temible, feísimo, pero sólo se muestra malvado y cruel con los enemigos de sus devotos.

El Exú Rompe Ramas se complace a su vez en favorecer las uniones ilícitas, deshacer matrimonios y quebrantar los compromisos formales. Sugestiona a las mujeres induciéndolas a la lujuria y hasta la prostitución. Con su íntima amiga, la Exú Paloma Negra, arman enredos endiablados en que se mezclan erotismo y venganza. Paloma Negra es la protectora de brujas y hechiceras (*3).

(*3) Según la tradición africana, una bruja es resultado de ciertos caprichos de la naturaleza. Se nace bruja. La hechicera en cambio es una mujer cuyos estudios le han dado poderes que suele aplicar para fines benéficos.

Los asesinos se encomiendan al Exú Siete Cruces, que vive en las puertas de los cementerios. Se goza causando muertes violentas. CalaveraGanga y Tiriri son los Exú de los cementerios que colaboran con el Señor Omulú. Tiriri no sólo gusta de los cementerios, también se le encuentra con frecuencia en los descampados solitarios y las colinas sin árboles.

Al Exú de los Umbrales hay que pedirle su benevolencia mediante ofrendas antes de iniciar cualquier ceremonia. Conviene dedicarle una capillita como una casa de muñecas en el patio de la casa, junto a la puerta principal de entrada.

Junto a Pombayira, Quirimbó es el Exú sexual por excelencia. Es el gran demonio de las perversiones sexuales y es complaciente con quienes le hacen ofrendas generosas.

Exú Siete Puertas es el diablo patrono de los ladrones. Le encanta hacer desaparecer las cosas. Hay que dejarles sus ofrendas encima de un hormiguero, pues las hormigas son sus animales preferidos.

Encomendándose al Exú Siete Puertas, es fácil encontrar las cosas perdidas, pero, si es uno mismo el extraviado, se recomienda invocar al Exú Siete Remolinos que es el demonio de los caminos y puede resultar muy útil para los viajeros.

El Exú Piedras Negras es el demonio que controla la fortuna, el oro y la industria. Acomodando largas series de “casualidades” es capaz de hacer la fortuna de sus fieles, aunque casi siempre a costa de la ruina de otro.

Arranca Todo y Pagano son dos Exú maldadosos y versátiles, siempre dispuestos a cometer cualquier fechoría a cambio de unas ofrendas. En cambio, Medianoche es el Exú de las Ciencias, en particular de la lingüistica, la antropología, la arqueología y las matemáticas. Es filósofo y maestro de hechicerías. Él fue el verdadero autor del famosísimo Libro de San Cipriano, al que los brujos manejan con el cuidado con que se maneja la nitroglicerina. Se dice que San Cipriano se limitó a escribir mecánicamente mientras el Exú Medianoche lo poseía.

El especialista en Magia Negra Afroamericana, antropólogo Auisio Fontenelle, dice de estos demonios en su libro “Exú”: “...su modo de actuar es falaz. Aparentan mansedumbre, pero internamente son fieras. Podemos servirnos de ellos para neutralizar los maleficios que nuestros enemigos les encomendaron, porque son sumamente venales y se dejan comprar por todos”. Más adelante, comenta: “...si les hacemos algún presente, podemos estar seguros de que ejecutarán nuestros deseos; a ellos no les importa ni en lo más mínimo si lo que les pedimos puede tener efectos buenos o malos en este mundo”.

Para los Exú se utilizan las mismas ofrendas de alimentos sagrados que para los Orixá, aunque agregando abundante aguardiente, tabaco, pimienta y, cuando se trata de Exú de asuntos eróticos, dinero. Los signos que se dibujan para ellos, si se hacen con la tiza “Pemba”, tendrán por objeto sólo apaciguarlos y tenerlos cortésmente a raya. Cuando se quiere entablar relación con ellos, los dibujos simbólicos o “pontos riscados” (puntos arriesgados) deberán hacerse con carbón.

Preto Velho.En cuanto a las ánimas de los muertos, éstas pueden clasificarse en cuatro clases: Las ánimas de los “Pretos Velhos”, o antepasados africanos, espíritus bondadosos, siempre dispuestos a dar consejos bienintencionados, a revelar secretos del pasado de la vida de uno y de grandes dotes de diagnóstico médico. Los más populares de los Pretos Velhos son Rey Congo, Padre Cipriano, Abuelo Benedicto, Padre Guinea, Tío Antonio, Padre Chico, Mestre Luis, Tío Custodio, Padre Serapión, María Conga, Abuela Luisa, Madre Emilia, Abuela Ganga, Tía Rosa...

La otra clase es la de los “Caboclos” o espíritus de héroes y antepasados de la raza Tupí-Guaraní, indios americanos que se mezclaron étnicamente con los negros haciendo aportes culturales también para ciertas formas de macumba. Son espíritus terriblemente violentos y movedizos, y de hecho son los que más hacen de las suyas con los médiums. Los más populares son Arruda, Ubirajara, Tupinambá Tierra Tiembla, Urubatán, Arrancatodo, Hoja Verde, Jurema, Iracema, Diamantina, Jupira, Cici, Areia.

En tercer lugar encontramos los espíritus de nuestros familiares muertos, nuestros antepasados directos, sean éstos de la raza que fueren, ya que los antepasados negros son benevolentes y aceptan con cordialidad las mixigenaciones (*4) y los entronques con otras razas. Si uno llama a la abuelita, o a una tía muerta, en una sesión de Macumba que no sea de “esas para turistas”, se supone que reconocerá sin lugar a dudas al espíritu invocado, podrá conversar con él e incluso averiguar cosas que sólo esos parientes podían saber.

(*4) Mezclas raciales.

La cuarta categoría de ánimas de muertos, es la de los difuntos recientes, vecinos, grandes figuras de mucha popularidad, gente que de algún modo es importante. Se les ofrenda aguardiente y velas encendidas.

En general, los espíritus de los muertos pueden hacer favores a quienes los invocan, aunque sus poderes son limitados. Debemos entender que el ánima o espíritu que podemos evocar es sólo una porción de la auténtica “alma” del difunto pues, si existe la reencarnación, la mayor parte del “alma” se encuentra ya viviendo otra vida e incluso se han dado casos en que un macumbero ha invocado a un antepasado que era él mismo en una vida anterior. Esto puede provocar locura e incluso la muerte del invocante. Se suelen tomar precauciones para que tales accidentes no ocurran.

Es en ese contexto de Orixás, Exús y espíritus de los muertos que se desenvuelve la Macumba como un sistema complejo y altamente sofisticado de comercio con lo sobrenatural. Cuando no se trata simplemente de reverenciar lo sagrado, dicho comercio es magia.

En su obra “Umbanda y Ocultismo”, el investigador y Babalao Oliveira Magno enuncia el siguiente postulado de las prácticas mágicas: “Todo cuanto hiciéramos a un cuerpo físico repercutirá en su espíritu, y todo lo que hiciéremos a un espíritu habrá de repercutir en su cuerpo físico”. Con objetiva sencillez, el pensador macumbero da al trasto con las teorías de Sir James Frazer y su Rama Dorada, que los practicantes de las doctrinas negras consideran una majadería a nivel enciclopédico.

La interrelación entre espíritu y materia debe entenderse en el contexto panteísta de la macumba: no son los seres humanos los únicos que poseen espíritu o “forman parte de la carnazón de Dios”. Los animales, las plantas y los objetos inanimados poseen también un espíritu, aunque para llegar a conocer tales espíritus falten todavía siglos de investigaciones de los hechiceros experimentales. La interdependencia de cuerpos y espíritus no es sólo y estrictamente individual: es también universal.

Si se quiere hacer un daño físico a una persona, hay que vulnerar primero su espíritu. Para vulnerar su espíritu hay que actuar sobre objetos materiales. Oliveira Magno especifica que en magia se debe siempre “realizar un acto material indicativo de la alteración espiritual que se quiera producir”.

La intervención de los Orixás, los Exú y los espíritus desencarnados de los difuntos, es imprescindible para la magia, ya que son éstos los espíritus encargados de transmitir el acto material simbólico, la “brujería” al espíritu de un ser vivo al que se desea hechizar.

Las Ceremonias

Las diversas formas de Macumba ciertamente tienen ceremonias distintas en algunos aspectos, pero quizás las formas más clásicas sean las de la Macumba de Umbanda, que algunos clasifican como Candomblé Afrocaboclo, pues se muestra abierta a los dioses según la tradición bantú, sudanesa y tupí-guaraní.

La primera ceremonia en un Terreiro de Umbanda es la consagración del lugar, para dotarlo de la fuerza espiritual y purificarlo de las cargas fluídicas de los que trabajaron en su construcción y de las “emanaciones groseras” de los materiales empleados en ella. Esto se hace mediante abundantes y copiosas fumigaciones acompañadas de cánticos y danzas rituales. Es un proceso largo y lento, que puede tomar varias semanas pues para su buena realización debe hacerse concordar días de la semana con fases de la luna. Una vez purificado el Terreiro, en el centro del espacio de danzas, en el “Paraíso”, se entierra el Axé, es decir el conjunto de idolillos que representan al Orixá a quien se consagra el Terreiro y sus falanges espirituales. Encima del Axé se planta un mástil llamado “Ixé”, que lleva en su parte superior el símbolo del Orixá titular del templo.

En tercer lugar se procede a instalar el Peji o Congá, el Santuario Secreto, lo que implica una serie muy larga y complicada de rituales diversos, ya que cada Orixá reclama sus propias danzas, cánticos y liturgias.

Por último se disponen, en un orden intuitivamente diseñado por el Babalao, los objetos de culto previamente purificados y consagrados.

Fuera de la construcción principal, se consagra y purifica también el Infierno, para que los Exú no se sientan postergados. El Purgatorio de las Ánimas de los Difuntos puede esperar —y a veces conviene que así sea— a que se haya efectuado la primera “Mesa” de Umbanda al Orixá.

Veamos, entonces, las jerarquías de los que participan en la “Mesa” de Umbanda, tanto hombres como mujeres:

HOMBRES MUJERES

El Babalao, o Babalorixá.

Se le llama también “Padre del Santo”, aunque ello no significa que se suponga que el Orixá sea hijo suyo o que él sea hijo del Orixá. Se le llama también Príncipe de Umbanda y Pagé.

Ialorixá, o Madre del Santo, es Princesa de Umbanda y tiene los mismos deberes y atribuciones que el Babalao.

Solamente le está vedado ejercer las prácticas adivinatorias con el “Rosario de Ifá” (*5).

(*5) Rosario de Ifá: instrumento africano consistente en una cuerdecilla en la que van ensartados caracoles o nueces, y que al sacudírsele produce distintas combinaciones de piezas boca arriba o boca abajo, que son interpretadas adivinatoriamente por el Babalao.

Sus deberes son:

1) Dejarse poseer por el Orixá patrono del Terreiro. Identificar a los espíritus que se manifiestan en los trances.

2) Atender los “Ídolos del Peji” y trazar los símbolos mágicos con Pemba o carbón según el caso.

El Babalao o Babalorixá deberá también trazar los signos “pontos riscados” correspondientes a cualquier ceremonia, sesión de trance, rito o sacrificio que se realice.

3) Explica la doctrina y la predica. Vigila el comportamiento de los médiums durante los trances, y las actuaciones de sus ayudantes.

4) Preside las ceremonias de sacrificios, diagnostica enfermedades y prescribe remedios. Instruye, prepara y da la iniciación a los médiums, lanza y deshace hechizos y adivina el futuro mediante los “Buzios” (*6) y el Rosario de Ifá.

(*6) Buzios: ciertos caracolillos de mar considerados poderosamente mágicos. La adivinación por Buzios goza de alto prestigio.

A las órdenes de Babalorixá o la Ialorixá, se encuentran los Ogán y las Yibonán. El Ogán Calofé es llamado también el “Padrino del Terreiro” y su situación jerárquica es sólo un poco inferior a la del Babalorixá.

Ogans y Yibonans son auxiliares directos del Jefe del Terreiro y sus deberes son actuar como sacristanes en la preparación y ejecución de las ceremonias. Dirigir las danzas de introducción al trance colectivo. Entonar los versículos cantados (pontos cantados) y ejecutar los sacrificios cruentos.

El Ogán Alabe tiene también una posición importante, ya que es el jefe de los Ogán Nilus, los batidores de los grandes tambores rituales llamados “atabaques” (atabales).

Después vienen los cambondos y las sambas, llamados también “hijos” e “hijas de Santos”, quienes se ocupan de abrir y cerrar las puertas del Terreiro; servir al Babalao; auxiliar a los médiums (los hombres a los hombres y las mujeres a las mujeres) durante las sesiones de “trance”. Cantar y danzar.

Entre las más altas categorías de mujeres en la Umbanda están: la “Yalaxé”, especialmente encargada de ayudar al Babalao en el cuidado de los ídolos del Congá, así como la “Yabassé”, que es la cocinera encargada de la “comida de los Orixá”.

¿Cómo llegaron estos dioses negros al Brasil?

El cálculo más prudente estima que los barcos negreros condujeron a Brasil aproximadamente tres millones de negros sólo entre los siglos diecisiete y diecinueve.

Los principales focos de distribución de los esclavos fueron: Bahía, Río de Janeiro, San Pablo, Pernambuco, Alagoas, San Luis de Marañón y Minas Gerais.

Así fue como los dioses negros llegaron a Brasil en las bodegas de los barcos negreros, entre grilletes, llantos, hambre, angustia, dolor y nostalgia por la tierra perdida. Esa “saudade”, pariente tan cercana de la “morriña” que tantos en América conocen.

El sincretismo religioso, la mezcla del animismo africano (yoruba, nagó, egbá, ketu, mandingos, etc.), el cristianismo de los conquistadores portugueses y los “caboclos” (caciques) de los autóctonos tupí-guaraní, produjo esta verdadera amalgama de religiones que han dado como consecuencia la Umbanda, la Kimbanda, los grupos espíritas (Monjes Tupyaras) y la acendrada fe en las centenares de iglesias católicas de las ciudades del Brasil (El verdadero Hijo Mayor de la Iglesia, por ser el país católico más grande de la cristiandad, así como lo fue un tiempo Francia, la hija Mayor de la Iglesia).

Sin embargo, en el Brasil del siglo XXI que recorren millones de turistas, tal vez lo que más resalte sea Umbanda. Las Macumbas que abandonaron los “terreiros” tradicionales y que hoy invaden desaprensivamente los Parques de Flamengo, las “cachoeiras” (cascadas) de la Foresta de Tijuca, las faldas de la Ladeira de Gloria o los conspicuos cruces de calle de la elegante Ipanema, o las orillas de la Lagoa (laguna Rodrigo de Freitas).

Río de Janeiro, una de las ciudades más cosmopolitas del mundo, ve al amanecer como se apagan las velas de las ofrendas hechas la noche anterior a los Orixá y, a veces, también, a los Exú. Todos pasan junto a ellas como pretextando que no las ven, pero se cuidarán muy bien de acercarse demasiado.

Y al llegar el día de Año Nuevo, esa noche del día 31 de diciembre, la noche de San Silvestre, se reunirán millones de personas en la playa de Copacabana a esperar al año que se inicia hasta que aparezca el primer rayo de sol en el horizonte oriental del Atlántico, mirando el lugar de donde llegaron los dioses negros... Entre tanto, millares de muchachas vestidas de blanco y celeste arrojarán flores al mar en un homenaje a Yemanyá.

En la playa, en medio de la arena, se irán apagando las velas y sólo quedarán las botellas de “cachaca” como recuerdo de las macumbas que recibieron el nuevo año.

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